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El “caso” de los Franciscanos de la Inmaculada

Franciscanos de la Inmaculada (Roberto de Mattei, tradiciondigital.es) El “caso” de los Franciscanos de la Inmaculada (http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1350567) parece un episodio de extrema gravedad, destinado a tener consecuencias dentro de la Iglesia tal vez no prevista por los que temerariamente lo han llevado a cabo.

La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada (conocida como la Congregación para los Religiosos), con su Decreto de 11 de julio de 2013, firmado por el cardenal prefecto João Braz de Aviz y el Arzobispo Secretario José Rodríguez Carballo, OFM, ha destituido a los superiores de los Franciscanos de la Inmaculada, encomendando al Gobierno del Instituto a un “comisario apostólico,” el padre Fidenzio Volpi, capuchino.

Para “blindar” el decreto, el cardenal João Braz de Aviz, se ha provisto de una aprobación “ex auditu” del papa Francisco que quita a los frailes cualquier posibilidad de recurso ante la Signatura Apostólica. Las razones de esta condena, que tiene su origen en una denuncia ante la Congregación para los religiosos por parte de un grupo de frailes disidentes, siguen siendo un misterio. Del decreto de la Congregación y de la carta enviada a los franciscanos el 22 de julio por el nuevo Comisario, las únicas acusaciones parecen ser el escaso “sentiré cum Ecclesia” y el apego excesivo al Rito Romano antiguo.

En realidad nos encontramos ante una injusticia manifiesta en contra de los Franciscanos de la Inmaculada. Este instituto religioso fundado por el padre Stefano Maria Manelli y Gabriele Maria Pellettieri, es uno de las más florecientes que cuenta la Iglesia, por el número de vocaciones, la autenticidad de la vida espiritual, la fidelidad a la ortodoxia y a las autoridades romanas. En la situación de anarquía litúrgica, teológica y moral en la que nos encontramos hoy en día, los Franciscanos de la Inmaculada deben ser tomados como un modelo de vida religiosa. El Papa a menudo se refiere a la necesidad de una vida religiosa más sencilla y sobria.

Los franciscanos de la Inmaculada se distinguen sobre todo por su austeridad y la pobreza evangélica con la que, desde su fundación, viven su carisma franciscano. Sucede en cambio que, en nombre del Papa, la Congregación para los Religiosos ajusta el gobierno del Instituto, para transmitirlo a una minoría de los frailes rebeldes, de orientación progresista, en la que el neo-Comisionado se apoyará para “normalizar” el Instituto, o sea para llevar al desastre del que hasta ahora había escapado gracias a su fidelidad a las leyes de la Iglesia y al Magisterio.

Pero ahora el mal es recompensado y el bien castigado. No sorprende que quien ejercita la mano dura contra los Franciscanos de la Inmaculada sea el mismo Cardenal que desea comprensión y diálogo con las monjas heréticas y cismáticas americanas. Aquellas religiosas predican y practican las teorías de género, y por lo tanto, se debe dialogar con ellas. Los Franciscanos de la Inmaculada predican y practican la castidad y la penitencia y por eso con ellos no hay posibilidad de entendimiento. Esta es la triste conclusión de que, inevitablemente, un observador desapasionado.

Una de las acusaciones radica en que están demasiado apegados a la misa tradicional, pero la acusación es engañosa, ya que los Franciscanos de la Inmaculada son, como se suele decir, “bi-ritualistas”, es decir, celebran la Misa Nueva, y la antigua, como se les concede por las leyes eclesiásticas vigentes. Frente a un orden injusto, es de imaginar que algunos de ellos no va a renunciar a celebrar la Misa tradicional, y haría bien para resistir en este punto, porque va a ser un gesto no de rebelión, sino de obediencia. Los indultos y privilegios a favor de la Misa tradicional no han sido abrogados y tienen una fuerza jurídica mayor que el decreto de una congregación, e incluso que las intenciones del Papa, si no se expresan con un acto jurídico claro.

El cardenal Braz de Aviz parece ignorar la existencia del motu proprio Summorum Pontificum del 7 de julio 2007, de su decreto de aplicación, la Instrucción Universae Ecclesiae, de 30 de abril de 2011, y de la Comisión Ecclesia Dei, aneja a la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo campo invade hoy la Congregación para los Religiosos.

¿Cuál es la intención de la autoridad suprema de la Iglesia? Eliminar la ” Comisión Ecclesia Dei, y derogar el motu proprio de Benedicto XVI? Que se diga de forma explícita para que puedan sacarse las consecuencias pueden ser aprendidas. Y si no, ¿por qué poner en marcha un decreto inútilmente provocativo hacia el mundo católico, que se siente atraído por la Tradición de la Iglesia? Este mundo está experimentando una gran expansión, sobre todo entre los jóvenes, y ésta es tal vez la principal razón de la hostilidad de la que hoy es objeto.

Por último, el Decreto constituye un abuso de poder que no afecta sólo a los Franciscanos de la Inmaculada y a aquellos que impropiamente son definidos como tradicionalistas, sino para todo católico. Representa un síntoma alarmante de la pérdida de la seguridad jurídica que se está llevando a cabo hoy en de la Iglesia. En efecto, la Iglesia es una sociedad visible, en la que se rige “el poder del derecho y de la ley “(Pío XII, Discurso Dans notre souhait de 15 de julio de 1950). El derecho es lo que define lo justo y lo injusto y como explican los canonistas, “la autoridad de la Iglesia debe ser justa, y esto es requerido por el ser de la misma Iglesia, lo cual determine los fines y los límites de la Jerarquía. No todos los actos de los sagrados pastores, por el hecho de que provienen de ellos, es justo “(Carlos J. Errazuriz, Il diritto e la giustizia nella Chiesa, Giuffré, Milano 2008, pág. 157).

Cuando la seguridad jurídica viene a menos, prevalece el arbitrio y la voluntad del más fuerte. Ocurre a menudo en la sociedad y puede ocurrir en la Iglesia cuando en ella prevalece a dimensión humana sobre la sobrenatural. Pero si no existe la certeza del derecho, no hay ninguna regla de comportamiento segura. Todo está en manos de los caprichos de las personas o grupos de poder, y de la fuerza con la que estos grupos de presión sean capaces de imponer su voluntad. La fuerza, separada del derecho, se convierte en prepotencia y arrogancia.

La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, es una institución jurídica, basada sobre una ley divina, de la que los hombres de la Iglesia son los depositarios, y no los creadores o propietarios. La Iglesia no es un “soviet”, sino un edificio fundado por Jesucristo en el que el poder del Papa y de los obispos debe ejercerse de acuerdo con las leyes y las formas tradicionales, enraizadas en la revelación divina. Hoy se habla de una Iglesia más democrática e igualitaria, pero el poder se ejerce a menudo en una forma personalista, con menosprecio de las leyes y costumbres milenarias. Cuando hay leyes universales de la Iglesia, como la bula del Papa San Pío V Quo primum (1570), y el motu proprio de Benedicto XVI Summorum Pontificum , es necesario para cambiarlas, un acto jurídico equivalente. No puede ser considerada revocada una ley anterior si no es con un acto explícitamente abrogativo de igual alcance.

Para defender la justicia y la verdad en el interior de la Iglesia, confiamos en la voz de los juristas, entre los que están algunos de los eminentes cardenales, que han ordenado según el Rito “extraordinario” a hermanos franciscanos de la Inmaculada y conocen su vida ejemplar y celo apostólico. Hacemos un llamamiento especial al papa Francisco, para que quiera retirar las medidas en contra de los Franciscanos de la Inmaculada y en contra de su uso legítimo del antiguo Rito Romano.

Cualquiera que sea la decisión que se adopte, no podemos ocultar el hecho de que la hora que la Iglesia vive hoy día es dramática. Nuevas tormentas se condensan en el horizonte y estas tormentas ciertamente no son provocadas por los frailes, ni por las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada. El amor a la Iglesia, Católica Apostólica y Romana les ha movido siempre y nos mueve a asumir su defensa. La Virgen María, Virgo Fidelis, sugerirá a la conciencia de todos, en estos tiempos difíciles, el camino correcto a seguir. (Roberto de Mattei)

Original en Corrispondenza Romana

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