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Por qué no hay que desacreditar a la Compañía de Jesús

(Roberto de Mattei, Adelante la Fe, 27 marzo 2017)

Entre las consecuencias más desastrosas del pontificado de Francisco hay dos estrechamente ligadas entre sí: la primera es una interpretación errónea de la virtud típicamente cristiana de la obediencia; la segunda, el descrédito arrojado sobre la Compañía de Jesús y su fundador San Ignacio de Loyola.

La obediencia es una virtud eminentemente reconocida por todos los teólogos y practicada por todos los santos. Tiene su modelo perfecto en Jesucristo, del que San Pablo dice que se hizo «obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz» (Fil. 2, 8). Estar en la obediencia significa estar en Cristo (2 Cor 2, 9) y vivir plenamente el Evangelio (Rom 10, 16; 2 Tes1, 8). Por eso los Padres y Doctores han definido la obediencia como custodia y madre de todas las virtudes (S. Agustín, La ciudad de Dios, Libro XIV, c. 12). El cimiento de la obediencia es la subordinación a los superiores porque representan la autoridad del propio Dios. Ahora bien sólo representan esa autoridad en tanto que custodian y aplican la ley divina.

Esta ley divina es a su vez superior a la autoridad humana de los hombres que tienen el deber de hacerla respetar. Para un religioso, la obediencia constituye la virtud moral más excelsa (Summa theologica 2-2ae, q. 186, aa. 5, 8). Con todo, se peca contra esta virtud no sólo por desobediencia, sino por servilismo, doblegándose ante decisiones de superiores que son claramente injustas.

El malentendido respecto a la obediencia se da, en el pontificado de Francisco, cuando los obispos, o el Papa mismo, abusan de su autoridad exigiendo a los fieles una sumisión servil a documentos que inducen a la herejía o a la inmoralidad. Indicaciones pastorales así no pueden aceptarse. Sin embargo, en esta confusa situación, quien quiere mantenerse firme en la fe puede caer en la tentación de poner en tela de juicio, no el ejercicio abusivo de la autoridad, sino el principio mismo de autoridad. Esto lo fomenta cierta tendencia psicológica al anarquismo que caracteriza a las generaciones nacidas después de 1988. Al devaluar el principio de autoridad se pierde el sentido de la virtud de la obediencia, con grave perjuicio para la vida espiritual.

Desde esta perspectiva tal vez se atribuyen a los jesuitas culpas ajenas, como la de haber introducido en la Iglesia un concepto hipertrófico y voluntarístico de la obediencia religiosa. Con ese fin se cita a la invitación de San Ignacio a la «obediencia ciega», malinterpretando el sentido que da a esta virtud el fundador de la Compañía de Jesús. La palabra ciega evoca ciertamente la irracionalidad, pero si entre los santos hay un campeón de la racionalidad es el propio San Ignacio, cuyos Ejercicios espirituales son una obra maestra de lógica y se basan en la aplicación del principio de no contradicción al ámbito espiritual y moral del ejercitante.

La afirmación de Guillermo de Ockam, según la cual todo lo que Dios manda es justo, pero él puede mandar incluso algo injusto (iustum quia iussum), sienta las bases del voluntarismo luterano, cuya antítesis es el concepto ignaciano. La obediencia ciega a la que se refiere San Ignacio sería irracional si se prescindiese de la razón, la cual, como él mismo explica, es por el contrario su presupuesto, porque es fruto de una atenta y ponderada reflexión (Monumenta Ignatiana (MI), G. López del Horno, Madrid 1903, I, 4, pp. 677-679).

La obediencia ignaciana no tiene nada que ver con el voluntarismo, precisamente porque se basa en la lógica y el respeto a una ley objetiva divina y natural a la cual debe subordinarse el superior. San Ignacio trata de la obediencia en las Constituciones de la Compañía, en la Carta sobre la obediencia dirigida a los jesuitas de Portugal el 26 de marzo de 1553 y en muchas otras cartas, como la que escribió a los escolásticos de Coimbra, a la comunidad de Gandía, a los jesuitas de Roma, a Andrés Oviedo y al padre Urbano Fernández.

En los documentos mencionados deja patente que la obediencia tiene límites precisos: el pecado es evidencia en contrario. En las Constituciones, por ejemplo, san Ignacio afirma que los jesuitas deben obedecer al Superior «en todas cosas donde no se viese pecado» (nº 284); «en todas las cosas que el Superior ordena, donde se pueda determinar que haya alguna especie de pecado» (nº 547), y en «todas aquellas [cosas] donde no hay manifiesto pecado alguno» (n. 549). Por tanto, cuando la orden del superior induce al pecado, hay que negarse a obedecer.

Naturalmente, se trata lo mismo de pecados mortales que veniales, así como de ocasiones de pecar, con tal de que quien se vea ante una orden injusta tenga certeza subjetiva de ello. Aparte la limitación que proviene de la voluntad, que es el pecado, está la que depende del juicio, como se desprende de la carta a los jesuitas de Coimbra del 14 de enero de 1548, en la que el fundador de la Compañía especifica que la obediencia vale en tanto que «no se entre en cosa que sea pecado o que sea conocida como falsa de manera que se imponga necesariamente al juicio» (MI, I, 1, p. 690).

Este límite también está expresado en la Carta sobre la Obediencia, en la cual el jesuita es invitado a obedecer «en muchas cosas en que no le fuerza la evidencia de la verdad conocida» (MI, I, 4, p. 674). El padre Carlos Palmés de Genover S.J., que ha estudiado este tema, comenta: «Está claro, pues, que la evidencia contraria es un límite natural de la obediencia, por imposibilidad psicològica dar el asentimiento a lo que se presenta como evidentemente falso» (La obediencia religiosa ignaciana, Eugenio Subirana, Barcelona 1963, p. 239). Si en el pecado el límite es de orden moral, en el caso de la evidencia es de orden psicológico. La obediencia es por consiguiente ciega a la hora de determinar condiciones y nunca es irracional.

Cuando la evidencia demuestra que un documento pontificio como la Amoris laetitia fomenta el pecado, un verdadero hijo de san Ignacio no puede menos que refutarlo, y que sea precisamente un hijo de San Ignacio el que lo haya promulgado no significa que el papa Bergoglio sea un fruto de la espiritualidad ignaciana; demuestra hasta qué punto es cierto el adagio corruptio optimi pessima. La corrupción intelectual y moral de la Compañía de Jesús en los últimos cincuenta años no debe llevarnos a olvidar sus extraordinarios méritos en el pasado.

Entre la revolución protestante y la Revolución Francesa, los jesuitas constituyeron una inexpugnable muralla levantada por la Providencia contra los enemigos de la Iglesia. El dique se derrumbó en 1773, precisamente cuando un papa, Clemente XIV, disolvió la Compañía de Jesús, privando a la Iglesia de sus mejores defensores. El padre Jacques Terrien ha llevado a cabo una minuciosa investigación histórica sobre una tradición que se remonta a los primeros tiempos de la Compañía, según la cual la perseverancia en la vocación en el seno del instituto fundado por San Ignacio sería prenda segura de salvación (Recherches historiques sur cette tradition que la mort dans la Compagnie de Jésus est un gage certain de prédestination, Oudin, París 1883).

Entre los numerosos testimonios aportados por el religioso, desde los bolandistas hasta santa Teresa de Ávila, reviste particular interés una revelación que tuvo en 1569 san Francisco de Borja, prepósito general de la orden. «Dios me ha revelado –afirmó el santo español– que ninguno de los que han vivido, viven y vivirán en la Compañía y mueran en ella por el espacio de trescientos años se condenará. Es la misma gracia que se le concedió a la Orden de San Benito» (Terrien, op.cit, pp. 21-22).

Como la Compañía se fundó en 1540, el privilegio de la salvación para quienes mueren en el seno de la orden se extiende hasta 1840, excluyendo las generaciones posteriores. Y precisamente a fines del siglo XIX se inicia la decadencia de la orden fundada por San Ignacio, si bien con numerosas excepciones. Esta decadencia se ha manifestado de forma significativa en los años del Concilio Vaticano II, y en ella tuvo un papel decisivo el jesuita Karl Rahner, y sobre todo en los siguientes, cuando, mientras era superior general el padre Arrupe, los jesuitas promovieron de diversas formas la teología de la liberación en Hispanoamérica.

Hoy en día, un papa jesuita, formado en la escuela de la teología de la liberación, fomenta la crisis de la Iglesia. Para resistir a una autoridad ejercida abusivamente, pidamos ayuda a los santos jesuitas que en sus escritos o su testimonio de vida nos señalaron los límites de la obediencia: desde san Roberto Belarmino, que recordaba que la regla de la fe no está en el superior, sino en la Iglesia, al beato Miguel Pro, de cuyo martirio se cumple el nonagésimo aniversario este año. Martirio sufrido por su resistencia al gobierno masónico de México el 23 de noviembre de 1927.

Fonte: Adelante la Fe

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