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Mártires de la reforma de la Iglesia

(Roberto de Mattei, Adelante la Fe, 24 enero 2019)

La reforma de la Iglesia también tiene sus mártires. Entre ellos se cuentan los santos Arialdo (+1066) y Erlembaldo (+1075), caudillos de la Pataria, movimiento de laicos que en el siglo XI se propuso restablecer la moral de la Iglesia en la diócesis de Milán, que era una de las más corruptas de Italia.

La simonía y el nicolaísmo eran dos plagas que asolaban la Iglesia de aquel tiempo. La simonía era la intención de comprar y vender los cargos eclesiásticos; el nicolaísmo, la costumbre de numerosos obispos y clérigos de tener esposas y concubinas. Pero la expresión más vergonzosa de la relajación moral era la sodomía, la cual, como escribe San Pedro Damián, arrasaba «como una fiera sanguinaria el redil de Cristo» (Liber Gomorrhianus, tr. it. Fiducia, Roma 2015, p. 41). Estos vicios estaban tan arraigados en la Italia septentrional que llegaban a constituir la práctica habitual.

Ante la difusión de semejante inmoralidad nació un movimiento reformador por iniciativa del diácono Arialdo y los hermanos Landolfo y Erlembaldo Cotta, que pertenecían a familias nobles lombardas. Pero como el pueblo los seguía, sus adversarios les dieron el mote de patarini, es decir, traperos (la Pataria era el mercado de los ropavejeros).

El partido contrario a la reforma estaba capitaneado por el propio arzobispo de Milán, Guido da Velate, que justificaba por razones políticas al clero corrupto. Estalló un enfrentamiento abierto, que fue narrado por un testigo de primera mano, Andrea da Strumi en su Vita Sancti Arialdi,(Monumenta Germanica, Hist., Scriptores, XXX, 2, Lipsiae 1935, pp. 1047-1075; tr. it. Arialdo. Passione del santo martire milanese, Jaca Book, Milán 1994).

El guía moral del movimiento fue Arialdo, al cual, según Andrea da Strumi, habría escogido el mismo Cristo para defender la verdad. Dirigiéndose al pueblo milanés, Arialdo lo exhortó a separarse de los malos sacerdotes y pastores con estas palabras: «Quien desee sinceramente conocer la verdad debe rechazar con todas sus fuerzas toda forma de mentira. Por eso, para que podamos gozar plenamente de la verdad, que es Dios, os suplico en nombre de Él que os apartéis de todo falso sacerdote. Es más, no puede haber la menor posibilidad de acuerdo o de comunión entre la luz y las tinieblas, entre fieles e incrédulos o entre Cristo y Belial. Está escrito: “Salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor; y no toquéis cosa inmunda, y Yo os acogeré” (2 Cor., 6, 17-18). ¿Cómo no va a concederos lo mínimo, esto es, pastores que os guíen rectamente si se los pedís a Él, que cuando aún no existíais os dio lo máximo, es decir, a Sí mismo para vuestra salvación? Por eso, no queráis tener trato alguno con los herejes y pedid con confianza a Dios pastores buenos y fieles, y sin la menor duda los tendréis. ¡Tened certeza de ello!» (p.89). El Señor, añadió Arialdo, dijo: «Si los hombres callan, hablarán las paredes» (cf. Lc.19,40). Y dijo también: «Maldito el que veda a su espada derramar sangre» (Jer. 48, 10).

La espada invocada por Arialdo era ante todo la de la Palabra de Dios, aunque cuando hizo falta, los reformadores no vacilaron en empuñar las armas para defenderse de las violentas agresiones de sus enemigos, que intentaban impedir su predicación.

El arzobispo de Milán, preocupado por la reacción popular que se extendía, mandó llamar a sus acusadores para que pidiesen perdón en un sínodo que se celebró en el monasterio de Fontaneto, en la diócesis de Novara. Los caudillos patarinos, Arialdo y Landolfo, no comparecieron y fueron excomulgados en contumacia por el prelado.

Entonces Arialdo se dirigió a Roma, y expuso al papa Esteban IX las razones de su resistencia al arzobispo de Milán. El Sumo Pontífice, favorable al naciente movimiento, envió a Milán dos visitadores apostólicos que dirigieron durante aquel tiempo la reforma de la Iglesia: el arzobispo de Lucca, Anselmo da Baggio, y el archidiácono romano Hildebrando. Ambos estaban destinados a reinar como pontífices en los años que siguieron.

En el invierno de 1060-61, Anselmo da Baggio fue una vez más legado pontificio en Milán junto al cardenal obispo de Ostia Pedro Damián. Tanto en uno como en el otro caso, los visitadores pontificios se dieron cuenta de la escandalosa situación de la diócesis milanesa y exhortaron a la Pataria a persistir en la lucha, predicando a su vez al pueblo contra el clero corrupto. Cuando Landolfo Cotta murió en 1063 de resultas de un atentado repentino, Arialdo invitó a Erlembaldo, hermano de Landolfo, a ponerse a la cabeza del movimiento.

Antes de aceptar, Erlembaldo deseó peregrinar a Roma para rezar ante la tumba de San Pedro y pedir consejo a Anselmo da Baggio, que en 1061 había subido al trono pontificio con el nombre de Alejandro II. El Papa animó a Erlembaldo a asumir la dirección del movimiento, lo nombró confaloniero de la Santa Iglesia Romana y le confió el vexillum Sancti Petri, que ya había enviado al normando Ruggiero, vencedor de los musulmanes en Sicilia.

Erlembaldo era un caballero, de espíritu religioso y combatiente. Andrea da Strumi escribió de él: «Cuando el noble Erlembaldo aparecía ante sus hombresera como un general vestido de   preciosi  atuendo, rodeado de caballeros y soldados. Pero por debajo, ante Dios, vestía ropas sencillas de lana, como un tosco ermitaño» (p. 103).

La aprobación pontificia infundió nuevo vigor a la Pataria. Cuando en Milán fueron elegidos de modo simoníaco los abades de tres importantes monasterios, los de San Celso, San Vicente y San Ambrosio, los patarinos se levantaron y dio comienzo una nueva etapa de lucha. El diácono Arialdo estuvo al lado de Erlembaldo en la dirección, también militar, del movimiento patarino, y juntos, bajo el estandarte de San Pedro, derrotaron al arzobispo Guido da Velate.

En la primavera de 1066, Erlembaldo entró nuevamente en Milán portando dos bulas pontificias: por la primera, se excomulgaba al arzobispo Guido; en la segunda, el romano Pontífice exhortaba al clero milanés a seguir las indicaciones de Roma. Guido da Velate convocó una numerosa asamblea en la que participaron millares de personas de ambos bandos, entre ellas Arialdo y Erlembaldo.

El arzobispo despotricó contra las pretensiones del Papa de imponer leyes a Milán; entonces, una parte de la multitud se alineó contra Arialdo y Erlembaldo. Este último se defendió agitando en alto el pendón de la Santa Iglesia, del cual no se separó ni por un momento. Arialdo fue obligado a huir, pero fue detenido cerca de Plasencia y conducido al castillo de doña Oliva, sobrina de Guido da Velate, que el 28 de junio de 1066 lo mandó asesinar en un islote del lago Mayor. Antes de matarlo, sus asesinos lo asieron de las orejas y lo intimaron a obedecer al arzobispo de Milán.

Ante su negativa, le cortaron las orejas, mientras Arialdo, alzando los ojos al cielo, decía: «Te doy gracias, oh Cristo, por haberte dignado contarme hoy entre tus mártires». Los verdugos le exigieron una vez más que reconociera la autoridad de Guido, pero él, con su acostumbrada firmeza de ánimo, respondió que no. De pronto, como narra su biógrafo, le cortaron la nariz de un tajo junto con el labio superior. Seguidamente le sacaron los ojos y le amputaron la mano diestra mientras decían: «Ésta es la mano que escribía cartas a Roma».

Después le amputaron el miembro viril, diciendo: «Hasta hoy has predicado la castidad; de ahora en adelante serás casto». Finalmente, le arrancaron la lengua, y dijeron: «Por fin calla esta lengua que sembró confusión en las familias de los clérigos y las dispersó». Y así, concluye Andrea da Strumi, «aquella santa alma fue liberada de la carne; más tarde el cuerpo fue sepultado en aquel lugar. Después de estos sucesos, comenzaron a aparecer en la noche luces radiantes a la vista de los pescadores» (p.145).

Los asesinos le ataron pesadas piedras y lo arrojaron en el punto más hondo del lago Mayor. Y a los diez meses, el 3 de mayo de 1067, el cuerpo de Arialdo ascendió milagrosamente a la superficie. Tras no poca resistencia, doña Oliva terminó por enrtregar el cadáver a Erlembaldo, que lo llevó de vuelta a Milán, donde fue expuesto triunfalmente en la iglesia de San Ambrosio, antes de ser inhumado en San Celso y, a finales del siglo XVIII, en la catedral.

En 1068, Alejandro II beatificó a Arialdo. El arzobispo Guido, tras ser nuevamente excomulgado, decidió renunciar al episcopado e hizo ordenar prelado del Emperador a su capellán Godofredo. El Papa excomulgó a Godofredo y encomendó a Erlembaldo la misión de impedirle entrar en Milán. Se desencadenó una contienda que vio a dos obispos enfrentados por la cátedra de Milán: Godofredo, que contaba con el apoyo de Enrique IV, y Attone, designado por Alejando II y apoyado por Erlembaldo.

Al cabo de numerosos encuentros armados, Erlembaldo cayó muerto en uno de ellos el 28 de junio de 1075, la misma fecha en que había sido asesinado Arialdo nueva años antes. El papa Urbano II, que en mayo de 1095 pasó por Milán camino de Clermont para proclamar la primera Cruzada, honró sus restos en una solemne ceremonia que equivalía a una canonización. Mediante dicho acto, Urbano II ofreció a la veneración de los fieles en la figura de Erlembaldo el modelo del miles Christi, el soldado cristiano dispuesto a empuñar las armas y derramar su sangre enfrentándose a los enemigos internos y externos de la Iglesia. A él, así como a San Arialdo, elevamos hoy nuestras plegarias.

Fonte: Adelante la Fe

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