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La devoción al Niño Jesús

(Roberto de Mattei, Adelante la Fe, 12 diciembre 2019)

Una de las devociones más hermosas y profundas que se dan en la Iglesia Católica es la devoción al Niño Jesús. Es una devoción que se practica desde hace siglos en familias religiosas como los carmelitas y los teatinos, y todavía no goza de la difusión que merece. Y a pesar de ello, no parece de más urgencia y actualidad que en este momento. El neomodernismo, extendido a todos los niveles en el seno de la Iglesia Católica, niega ya sea explícita o indirectamente la divinidad de Jesucristo. Jesús es presentado como un profeta, como un modelo, o como un hombre extraordinario, pero nunca como Dios hecho hombre.

La tesis es la siguiente: «Jesús es el Hijo de Dios, pero no es Dios mismo». Según esta doctrina, en la Encarnación el Verbo dejó de ser Dios, perdió la conciencia de su divinidad y comenzó a sentirse exclusivamente hombre, hasta el punto de ser capaz de cometer errores y pecados. Hasta después de su muerte en la cruz no recobró su naturaleza divina e inmortal. Para los modernistas, la expresión Hijo de Dios no significa otra cosa que Mesías, sin que Jesús fuese plenamente consciente de su misión terrenal.

Son los errores de las herejías antiguas, como el apolinarismo, el eutiquianismo, el nestorianismo o el socinianismo, que resurgen y son atribuidas además por Eugenio Scalfari al cardenal Martini y al papa Francisco (Il Dio unico e la società moderna. Incontri con papa Francesco e il cardinale Carlo Maria Martini, Einaudi, Turín 2019, p. 24 y passim).

De estos errores se desprende que Jesús debe ser admirado por su predicación y por su capacidad para sufrir durante la Pasión, que fue la expresión más alta de su humanidad; pero su vida privada, empezando por su infancia, carece de todo interés. María fue madre de un hombre y no de un Dios, y por consiguiente hay que considerar indebida la adoración de la bienaventurada Virgen, San José, los Magos y los pastores a aquel Hombre. Desde esta perspectiva, el Niño Dios no se diferenciaba de los niños de su tiempo, e igualmente en su vida pública, Jesús fue un hombre como los demás; excepcional, sí, pero no estaba libre de pasiones y defectos. Muy distinto es lo que enseña la Iglesia Católica. La Iglesia enseña que Jesucristo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, fue Dios antes y después de su Encarnación en la Santa Casa de Nazaret, y como tal era infinitamente perfecto.

El padre Frederick William Faber lo explica bastante bien: Jesús es el Verbo Eterno. Este Verbo fue pronunciado desde la eternidad, y no había espacio dentro del cual pudiera estar expresado, ni tiempo dentro cual pudiera estar limitado, porque antes de Él y fuera de Él no existía nada. Su eterna morada no está limitada por el espacio ni el tiempo, porque se encuentra en el seno del Padre, entre las llamas de la Divinidad. En la eternidad, y no en el tiempo, tiene lugar su inexplicable generación. A cada instante el Hijo es generado por el Padre, y en cada instante el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. «Así como no hubo un instante en el que Hijo no hubiera nacido todavía, tampoco podrá haber jamás un momento en que deje de nacer» (Betlemme, SEI, Turín 1950,  p.12 y ss.).

Lo dice la fe en el Credo: «Engendrado, no creado; consustancial al Padre». Su generación, incomprensible para la mente humana, ha tenido y tiene lugar en la eternidad, no en el tiempo. Del Padre procede el Hijo, que es el Verbo; del Padre y de su Verbo procede el Espíritu Santo; las tres personas son iguales entre sí, coeternas y consustanciales. Lo afirmó el Concilio de Nicea contra los arrianos, que negaban la eternidad del Verbo. Lo reiteró el Concilio de Calcedonia contra los nestorianos, al definir que Jesucristo es una sola Persona divina en dos naturalezas, divina y humana. La unión entre el Verbo y la naturaleza humana es hipostática porque el Verbo comunicó su ser divino a la naturaleza humana. Pero Jesucristo sigue siendo una sola Persona, la del Verbo, nacida ab aeterno el Padre y nacida en el tiempo de María, según la naturaleza humana de la que se apropió.

La mente divina concibió y decretó que la naturaleza creada se uniese al Verbo increado, la Palabra del Padre, su expresión, su imagen. Todos los ángeles, toda la humanidad, todos los animales y toda la materia fueron llamados a la existencia a causa de Jesucristo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que asumió la naturaleza humana y fue por eso el Hombre-Dios, el Verbo Encarnado. El Verbo, antes incluso de la creación de Adán y Eva, eligió a una mujer, María, para que fuera Madre de Dios, y dentro del Sistema Solar escogió la Tierra para teatro de la Encarnación.

La aparición del Verbo Encarnado en la Tierra es el punto culminante de la revelación divina y de toda la historia humana, que a partir de dicho acontecimiento, como recuerda Dom Guéranger, se divide en dos grandes épocas: antes y después del nacimiento de Jesucristo. «Antes de Jesucristo, una espera de muchos siglos; después de Él, una duración cuya secreto está velado a los hombres, porque ninguno sabe a qué hora nacerá el último elegido. Y el mundo se ha conservado para los elegidos, por los cuales se encarnó el Hijo de Dios».

La Encarnación se cumplió en Nazaret y se manifestó en Belén. Pero Jesús no nació ni en Nazaret ni en Belén, porque en el momento en que nació ya tenía una edad eterna. Todas las perfecciones divinas de la eternidad, inmensidad, infinidad, simplicidad y unidad de Dios las adoramos en el Niño Jesús acostado en el pesebre. Por esta razón, la Santa Infancia de Jesús está vinculada a la devoción a los atributos divinos de Dios, que nos introduce profundamente en el misterio de la Santísima Trinidad. Mediante esta devoción declaramos que quien nace no es un niño como otro cualquiera: es un hombre-Dios, el Salvador y Redentor de la humanidad, plenamente consciente de su misión. Y este Niño envuelto en pañales es además el Ser perfectísimo, Creador del Cielo y de la Tierra, ante el cual se postra todo el universo.

La más profunda de las devociones es la que nunca pierde de vista la divinidad de Nuestro Señor. De la divinidad y de la humanidad de Cristo, unidas en una sola Persona divina, procede la realeza de Cristo, fundada –como explica Pío XI en la encíclica Quas primas– en la admirable unión que se conoce como unión hipostática. «De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas». Hoy en día quieren destronar a Jesús despojándolo de su divinidad. Postrados ante el Niño Jesús en el Santo Pesebre, no sólo queremos adorar su humanidad, sino también su divinidad, restituyéndole la corona que le sustraen a diario.

Fonte: Adelante la Fe

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