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Viajando a Belén

(Roberto de Mattei, Correspondencia Romana, 21 diciembre 2020)

En los días previos a la Santa Navidad, no hay nada mejor que meditar sobre el viaje de la Sagrada Familia a Belén. Un Edicto del Emperador Augusto había ordenado que todos los súbditos de su imperio fueran a participar del censo en su lugar de origen. San José, que había nacido en Nazaret, decidió ir a Belén para el censo pues de esta ciudad era originaria su familia, no su padre sino sus ancestros y también su madre.

La Bienaventurada Virgen María quiso acompañarlo y, de común acuerdo, emprendieron el viaje, ignorando cuál fuese el momento y el lugar en el que la Divina Providencia había dispuesto que naciera el Redentor.

El corazón de San José fue inundado por la alegría con la cual contemplaba al Hijo de Dios que se había encarnado en el vientre de la Santísima Virgen María, pero también fue traspasado por el dolor por causa de los sufrimientos a que su Esposa fuera sometida en tan difícil viaje, en un momento tan severo, en el mes de Diciembre y en la estación de las lluvias. Se trataba de un camino semejante al de la visita a Santa Isabel, aproximadamente de 130 kilómetros, pero esta vez las condiciones eran mucho más incómodas para María pues estaba en el noveno mes de su gravidez. Fueron cuatro días de viaje que los dos esposos hicieron a pie, colocando sobre un burro las pocas pertenencias necesarias para el viaje.

Finalmente, llegaron a Belén. Sin embargo, ninguna hospedería estaba disponible y todos los lugares estaban ocupados. María, dice el Evangelista, « dio a luz a su hijo primogénito; y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la hostería» (San Lucas II, 7).

«Porque no había lugar para ellos». A los habitantes de Belén, el Señor había concedido una inmensa gracia, la de hospedar al Redentor. Es lógico imaginar que San José, al percibir que el parto de María era inminente, golpeó todas las puertas antes de decidir refugiarse en una gruta. Las posadas estaban llenas, sin ningún lugar disponible, pero había ricas residencias en Belén y tal vez San José haya recurrido a ellas, en vano, para pedir hospitalidad. José también tenía parientes en Belén, pero ni siquiera entre los de su tribu y su familia encontró a alguien que los hospedase. En toda la ciudad no hubo una sola familia que, haciendo un esfuerzo, renunciando al egoísmo y al confort, los recibiera. Los albergadores dieron prioridad a los clientes más ricos, sin imaginar la extraordinaria ocasión que perdían.

¡Cuán feliz habría sido aquel que hubiera hospedado a José y María, aquel que hubiera tenido la suerte de ofrecer su casa para el nacimiento del Redentor de la humanidad! ¡Que ocasión perdida! Nadie reconoció la intervención de Dios en la Historia. La Divina Providencia había dispuesto que el Verbo Encarnado, el Rey de los Reyes, debiese nacer en la Gruta de Belén, privado de toda honra, comodidad y bienestar, dándonos el ejemplo de aquel desprecio por el mundo a que todos estamos llamados. Los habitantes de Belén eran apegados a los bienes del mundo, sus corazones estaban cerrados, sus mentes ciegas. Eran incapaces de elevar la mirada a lo alto para descubrir las señales del Cielo en los acontecimientos de la tierra.

Pidamos a San José, en estos días de Adviento que abra nuestros corazones, ilumine nuestras mentes, nos haga oír la voz misteriosa de la Gracia, para descubrir las señales divinas en los acontecimientos humanos que vivimos, porque Dios está siempre presente a nuestro lado para guiarnos hasta la Gruta de Belén.

Fonte: Correspondencia Romana

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