El documento del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos: ¿un espejismo que lleva al caos?

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El pasado 13 de este mes se presentó en el Vaticano un documento del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos titulado El Obispo de Roma: primacía y sinodalidad en los diálogos ecuménicos y en las respuestas a la encíclica Ut unum sint, publicado con aprobación del papa Francisco.

El documento pretende ser una síntesis del debate surgido a raíz de la publicación de Ut unum sint por parte de Juan Pablo II sobre la cuestión de la primacía, y concluye con una propuesta del Dicasterio que expone las propuestas más avanzadas para una renovación en el ejercicio del ministerio del Obispo de Roma.

Hay que destacar que el texto no es una encíclica ni una declaración, ni siquiera un documento pontificio, como por ejemplo lo es la declaración Fiducia supplicans, sino un documento de estudio que no tiene por objeto proponer un nuevo magisterio. El cardenal Koch, prefecto del Dicasterio,  lo ha explicado, afirmando que «el documento no pretende agotar el tema ni sintetizar el magisterio católico al respecto».

Se trata de un documento que compendia un debate y al mismo tiempo lo retoma. Y como es lícito hablar del asunto, me gustaría reseñar los puntos principales de la intervención que hasta este momento me ha parecido la más convincente: la de monseñor Marian Eleganti, que fue hasta 2021 obispo auxiliar de Coira (Suiza).

En lo referente al tema de la primacía de jurisdicción pontificia, monseñor Eleganti considera erróneo «entender la aceptación de la primacía católico-romana de jurisdicción por parte de otros cristianos como criterio para su validez y legitimidad, y concebir y ejercer el pontificado con arreglo a ello de un modo diferente al anterior. No se puede hablar de degradar la misión del Pontífice a fin de que resulte aceptable para la mayor cantidad posible de cristianos separados y deje de ser lo que Cristo quiere que sea.» El criterio sería, pues, que en su forma actual se corresponda con esa voluntad y a la verdad del Evangelio (…) El factor decisivo tiene que ser la verdad o la voluntad de Dios, no el consenso con los hermanos separados. La cuestión es fundamental. Se trata de las raíces del catolicismo romano.

»Para la Iglesia –continúa–, se trata de una cuestión de ser o no ser; un asunto de eclesiología fundamental. O sea, de dónde está la única Iglesia verdadera y visible de Cristo. La respuesta católica la conocemos: en la Iglesia Católica Romana. En nuestra opinión, incluso después del Concilio, no hay ni habrá otra. Ahora bien, las otras iglesias nunca estarán de acuerdo. Por ese motivo están visiblemente separadas de nosotros, al menos en lo que se refiere a jurisdicción».

El desarrollo del ministerio de la Iglesia desde los tiempos de los Apóstoles debe considerarse como un continuum inspirado y guiado por el Espíritu Santo hasta las declaraciones del Concilio Vaticano I. La Iglesia no puede ciertamente volver a la época de la Reforma, al primer milenio ni a la época de los Apóstoles relativizando con ello las declaraciones dogmáticas de los papas y los concilios a lo largo de los siglos.

Monseñor Eleganti critica además la postura de quienes consideran el Papado un ministerio de unidad pero sinodal, es decir capacitado para imponer una voluntad mayoritaria y que sólo sea vinculante lo que la mayoría de los interesados (o sea, todos los cristianos) decida. «El Papa, como moderador y como presidente del Sínodo, no tendría más autoridad; como máximo, la de un testigo fiable al que evidentemente se contradice».

A este planteamiento añade la reintroducción del título, abandonado por Benedicto XVI, de Patriarca de Occidente, como atributo del Romano Pontífice. «¿Se gana algo? –se pregunta–. Personalmente –responde– creo que supone un paso atrás y un discutible autocuestionamiento del desarrollo doctrinal católico-romano en lo referente al oficio petrino, que siempre ha sido una manzana de la discordia en este sentido. Y no sólo por la quiebra moral de los papas, sino mucho más en lo fundamental y teológico o en la política eclesiástica. Afirmar otra vez que el Papado es una institución de derecho divino y humano para relativizar en base a argumentos históricos y críticos el ejercicio de su jurisdicción mediante este último añadido significa para mí no creer en la Iglesia como institución divina. Una vez más, “creo en el Espíritu Santo, y en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. (…) Poner esto en duda significa, según el concepto católico de desarrollo del dogma, poner en duda la infalibilidad de la Iglesia de Cristo en general y del Papa en particular (…).

»Se podría hablar también de reunificación», añade, pero tal reunificación debería darse en la verdad, y no como una especie de primacía de honor del Romano Pontífice para mejorar la imagen de una cristiandad que sigue estando visiblemente separada de hecho y no consigue llegar a un acuerdo sobre cuestiones eclesiológicas y dogmáticas esenciales.

Monseñor Eleganti concluye: «Hay que resolver la cuestión con arreglo a la propia conciencia. Del mismo modo que Jesús anunció pesimista o realísticamente que siempre habrá guerras, el  disenso  entre cristianos en cuestiones como el ministerio petrino y otras semejantes seguirá siendo por desgracia una realidad (…) Seguimos siendo pecadores, y la nueva propuesta o punto de partida para el debate no es otra cosa que un débil intento de cohesión, no de encontrar la unidad en la verdad indivisible que vale para todos. Para nosotros, esa verdad es claramente la católica romana, ¿o acaso quieren sostener que la Iglesia Católica se apartó de la verdad de Cristo y de su voluntad en el siglo XIX con el Concilio Vaticano I, que promulgó el dogma de la primacía de jurisdicción universal del Papa (ex sese no ex consensu)? ¡Y la cuestión era precisamente la infalibilidad!

»No. Para mí, la vía propuesta por el nuevo documento es un espejismo sui generis que lleva al caos o contraviene lo actualmente vigente. No podemos menos que estar de acuerdo con esta afirmación de monseñor Eleganti.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)