Encomendando el 2014 a María, Reina de la historia

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Madonna-di-Fatima_Cuando amaneció el 1 de enero de 1914, Europa estaba sumergida en la tranquila opulencia de laBelle époque y confiaba aún en el progreso radiante de la humanidad. El siglo XX se había inaugurado en la ingenua presunción de haberse dejado atrás para siempre los males y los errores que afligen a los hombres tras el pecado original. ¿Quién habría podido imaginar que justamente el 1914 inauguraría una época de muerte y de destrucción a escala mundial?

Sin embargo, tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, acaecido el 28 de junio, en unas semanas, Europa se precipitó en una guerra terrible. Desde 1914 hasta 1918 la mejor juventud europea se desangró en una lucha fratricida. Casi nueve millones de hombres faltaron al recuento cuando terminó esta conflagración global. Fue durante la guerra que el comunismo hizo su irrupción en la historia, iniciando la difusión de sus errores desde Rusia hacia todo el mundo. Apareciendo en Fátima, el 13 de mayo de 1917, el mismo año de la Revolución soviética, la Virgen dio la clave de lectura de lo que estaba ocurriendo y de lo que ocurriría en el futuro: se trataba de un castigo por los pecados de la humanidad.

Sin conocer las revelaciones dadas a los tres pastorcillos en la Cova da Iria, un gran autor católico, Mons. Henri Delassus, dedicó en 1919 un profundo libro a Les pourquoi de la guerre mondiale. En él explicaba que toda guerra es el castigo por los pecados de las naciones. La guerra es un acto de justicia y, a la vez, también de suprema misericordia, porque a través de los sufrimientos abre los corazones a la verdad y al bien de los que nos hemos alejado.

Desde 1914 hasta nuestros días, una espiral de desorden ha envuelto a la humanidad. Cuatro grandes Imperios cayeron, el equilibro europeo fue devastado y al monstruo del comunismo se juntó el del nacionalsocialismo. Las democracias liberales revelaron su hipocresía y su fragilidad, y estalló la segunda conflagración mundial, con un aterrador balance de 55 millones de muertos, de los que 45 millones eran europeos.

A esta guerra siguió, y aún está en acto, una Revolución religiosa y cultural que ha sacudido desde sus fundamentas la civilización occidental y cristiana. El inmenso genocidio del aborto no es más que la manifestación física y cruenta de una más vasta y profunda aniquilación de las almas y de las naciones, aniquilamiento de orden espiritual y moral, antes que biológico.

Entre los pocos que presentían la catástrofe de 1914 estaba san Pío X, Sumo Pontífice desde 1903. Su programa Instaurare omnia in Christo indicaba la única solución a los males del siglo. No hay paz posible, para los hombres, las familias y la sociedad entera, fuera de la paz fundada en el Reino de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, único Salvador de la humanidad. Pío X presentía el flagelo que se estaba cerniendo sobre el mundo y sin embargo, quizá, ni él pudo imaginar que ese año sería el de su muerte.

La situación del mundo actual es mucho más dramática que la de hace cien años. Quien conserva aún un residuo de sentido moral advierte que la fuente de la disgregación social y moral es el alejamiento de las naciones de la ley divina y natural. La apostasía de los pueblos europeos llega al punto de introducir en las layes y proclamar desde lo alto de las tribunas políticas y mediáticas el odio a la familia natural, compuesta por un hombre y una mujer. El caos reina soberano y los ojos perplejos de quienes conservan la fe se vuelven a la Cátedra de Roma, maestra infalible de fe y de moral.

Hoy, en el trono de Pedro no está sentado san Pío X, sino un Papa al que se le atribuye la intención de querer llevar a cabo el programa de los modernistas, fulminado en 1907 con la encíclica Pascendi. ¿Qué cosa es, en efecto, si no la agenda modernista la que atribuye al Papa su hermano jesuita Georg Sporschill, autor de la última entrevista al cardenal Martini cuando, en el “Corriere della Sera” del 31 de diciembre de 2013 escribe que «tanto en el análisis de la situación eclesiástica como en las respuestas que pronuncian, los dos jesuitas Papa Francisco y el cardenal Martini, están tan cerca como si se hubieran puesto de acuerdo»?

A estas palabras, el padre Sporschill añade un mensaje inquietante: «El coraje con el que el Papa actual abate ciertas vacas sagradas induce a algunos a temer por su vida». Habría que preguntarse: ¿quiénes son esas “vacas sagradas”? ¿Quiénes son los que temen por la vida del Papa, y por cuáles ocultos motivos? En 2013 hemos asistido a la inaudita renuncia al pontificado de un Papa, seguida de una inédita situación en la que un “Papa emérito” se pone al lado del Papa que gobierna la Iglesia, casi en contraluz. ¿A cuáles otros hechos desconcertantes tendremos que asistir en 2014? Lo que está claro es que la agenda del cardenal Martini, que preveía el fin del celibato eclesiástico, la apertura a las parejas homosexuales y la transformación del Papado en una democracia colegial, es un programa de inequívoco molde modernista. ¿Es posible que el Papa Francisco quiera de verdad recorrer este camino?

El mundo está desorientado, pero, al contrario de lo que ocurrió hace cien años, parece casi barruntar la inminencia de una catástrofe. La ilusión de la irreversibilidad del progreso ha sido sustituida por la convicción de lo ineluctable de la decadencia y del derrumbe. Hoy, la sociedad mundial es más vulnerable que en 1914 y podría sufrir un colapso más rápido y devastador que el de un siglo atrás.

Hay momentos en los que el velo de la historia está a punto de levantarse. Pero hoy día los hombres han perdido aquel sentido de lo sobrenatural que nos hace capaces de leer los sucesos del mundo a la luz de Dios, como un día serán desvelados en el Juicio universal. Para comprender lo que está ocurriendo es necesario redescubrir los principios sobre los que se sostiene la sociedad humana y el universo entero. Estos principios tienen en Dios su única fuente.

Repetirlos de manera incesante, cuanto todos los niegan, equivale, como nos recuerda Ernest Hello, a revelarlos. Hay que alejarse del estruendo del mundo para volver a encontrar estas verdades de orden natural y sobrenatural, que la Tradición de la Iglesia nos trasmite y que la Santísima Virgen María, la primera, acogió y conservó en toda su integridad y pureza en su Corazón Inmaculado.

En los días del nacimiento del Salvador, la Virgen reflexionaba sobre los misterios que por gracia divina estaba aprendiendo. Como nos dice el Evangelio, «María, por su parte, conservaba todas estas palabras meditándolas en su corazón» (Lucas 2, 19). Ella tenía la ciencia infusa y la exención del pecado original le daba una extraordinaria luminosidad e intuición a su mente. En Ella no hubo nunca dudas sobre la fe, ignorancia o error. Nunca su inteligencia, su voluntad o sus sentidos se rebelaron a los designios divinos: tuvo siempre la posesión de toda la ciencia y de toda la voluntad convenientes a su sublime misión.

En los días del nacimiento del Redentor, la mirada de María abrazó los siglos, desde el tiempo de la Encarnación a los del Anticristo, y Ella conoció todas las páginas de defección y traición, de fidelidad y heroísmo que la historia de la Iglesia conocería. La Virgen, Reina de los profetas y Reina de la historia, en el curso de los siglos acompañaría y sostendría, paso tras paso, cada hijo que se encomendara a Ella. En efecto, nos recuerda Pío XII: «Si Pedro tiene las llaves del cielo, María tiene las llaves del corazón de Dios» (Discurso Questa viva corona del 21 de abril de 1940). No existe mejor deseo, para el 2014, cualesquiera que sean las sorpresas que este año podría reservarnos, que vivirlo con María y en María, y por lo tanto en la Iglesia, con la Iglesia y por la Iglesia.

Roberto de Mattei

traducido por Tradición Digital