La Semana de Pasión

caifas-1

La Semana de Pasión precede a la Semana Santa en el calendario litúrgico. Ambas semanas están separadas por el Domingo de Ramos. El domingo que inaugura la primera de las dos se llama Domingo de Pasión, porque en dicho día la Iglesia comienza a dedicar sus meditaciones a los padecimientos del Redentor.

Son los últimos días de la vida pública de Jesús, que sigue obrando milagros y profetiza la destrucción del Templo de Jerusalén. En la Semana Santa Jesús se nos presenta como el manso e inocente Cordero que se ofrece en sacrificio para quitar el pecado del mundo. En la de Pasión, Él sabe que se acerca la hora del sacrificio, pero aún no ha llegado, y se enfrenta abiertamente a los fariseos deshaciendo mediante el arma de la verdad los nudos de sus artificios dialécticos, sus hipocresías y sus intrigas.

Jesús sabe que lo odian. Dice a sus discípulos «El mundo no puede odiaros a vosotros; a Mí, al contrario, me odia, porque Yo testifico contra él que sus obras son malas» (Jn.7,7). Y a los judíos que lo acusan de estar endemoniado les responde: «Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; por eso no la escucháis vosotros, porque no sois de Dios». Cuando los fariseos le preguntan: «Si Tú eres el Mesías, dínoslo claramente», les responde: «Os lo he dicho, y no creéis. Las obras que Yo hago en el nombre de mi Padre, ésas son las que dan testimonio de Mí. Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen» (Jn.10,22-38).

Los judíos entienden que Jesús se confiesa Dios, e intentan apedrearlo. Dice el Evangelio que Jesús andaba por Galilea y no quería estar en Judea porque los judías querían matarlo (Jn.7,1-13).

El pueblo se pregunta si habrá llegado por fin el momento de cantar Hosanna al Hijo de David, y los dirigentes de los ancianos y los sacerdotes temen que Jesús de Nazaret sea proclamado Rey de los judíos. Su furor llega al límite cuando Jesús resucita a Lázaro en Betania. Los principales sacerdotes acuerdan matar también a Lázaro, porque a causa de éste muchos dejaban a los judíos y creían en Jesús (Jn. 12,10-36). Narra San Juan que «algunos de entre ellos [los fariseos], sin embargo, se fueron de allí a encontrar a los fariseos, y les dijeron lo que Jesús había hecho. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron un consejo y dijeron: “¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchos milagros. Si le dejamos continuar, todo el mundo va a creer en Él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro lugar (y también nuestro pueblo»» (Jn.11, 46-48).

La resurrección de un cadáver es un milagro impactante que debía de abrir los ojos de los judíos y convertirlos. Para muchos desde luego fue así, pero da que pensar que para muchos otros fue por el contrario ocasión de mayor pecado por el odio y la envidia que les embargaba el alma. Uno se pregunta cómo es posible no convertirse ante un milagro, pero en la parábola del rico epulón, que pidió a Abrahán que diera testimonio a sus hermanos, Abrahán repuso: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se dejarán persuadir, ni aun cuando alguno resucite de entre los muertos» (Lc.,1 6,19-31). Quien rechaza la evidencia de la verdad rechaza hasta un milagro evidente.

A veces los buenos tardan en tomar sus resoluciones, pero los malos no pierden tiempo. Los fariseos convocan una reunión para debatir la situación, pero el conciliábulo manifiesta una patente contradicción. A la orden del día está la preocupación de los judíos por los milagros de Jesús. No ignoran ni niegan esas intervenciones extraordinarias de Dios; las admiten incluso. Confiesan que Cristo hace muchos milagros, pero no se plantean que pueda ser realmente el Mesías. Lo único que les preocupa es que el pueblo crea en Él y lo acoja como Mesías. No quieren creer sus milagros porque rechazan su doctrina, y la rechazan porque aceptarla supondría renunciar a sus vicios y su modo de vivir y de pensar.

Eso sí, no revelan el motivo de su odio. Para convencer a los indecisos, dicen: «Si le dejamos continuar, todo el mundo va a creer en Él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro lugar y también nuestro pueblo» (Jn.11,48), que es, por el contrario, lo que pasará si rechazan y matan a Jesús. La destrucción de Jerusalén y del Templo fue consecuencia de la muerte de Jesús, no de permitir la predicación de su Evangelio.

Prosigue San Juan: «Uno de ellos, Caifás, que era Sumo Sacerdote en aquel año, les dijo: “Vosotros no entendéis nada, y no discurrís que os es preferible que un solo hombre muera por todo el pueblo, antes que todo el pueblo perezca”. Esto, no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo Sumo Sacerdote en aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación, y no por la nación solamente, sino también para congregar en uno a todos los hijos de Dios dispersos» (Jn.11,49).

Para lograr su objetivo, Caifás se vale de un argumento verdadero, pero invirtiendo su sentido. Tiene un corazón perverso, porque lo que lo motiva a pedir la muerte de Jesús no es otra cosa que odio, no obstante lo cual dice el Evangelio que habló por inspiración del Espíritu Santo, que a veces se sirve de la boca de los malvados para proclamar una verdad. Indudablemente era necesario que Cristo muriese para que no todos murieran y para que se libraran de la muerte aquellos a los que ha elegido para la salvación eterna. Caifás, además, se aprovecha de su autoridad. Es el jefe del Sanedrín, el sumo sacerdote, y muchos callan porque no se atreven a contradecirle. No es fariseo, sino saduceo, pero ello no impide que las dos principales corrientes religiosas de los judíos estén unidas en ese momento contra Jesús. «Desde aquel día tomaron la resolución de hacerlo morir. Por esto Jesús no anduvo más, ostensiblemente, entre los judíos, sino que se fue a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraím» (Jn. 11,53).

Jesús sabía de sobra todo lo que los judíos tramaban contra Él. Con todo, espera el momento y acompañado por sus discípulos se retira a la pequeña localidad de Efraim , próxima al desierto, a fin de prepararse para su misión. Su amor por la gloria de Dios y la salvación de las almas es infinitamente mayor que el inmenso odio que lo rodea. La reunión del Sanedrín no es un consejo, sino una conspiración oculta, la primera de tantas que han acompañado desde entonces la historia del Cuerpo Místico de Cristo. La Iglesia siempre tendrá enemigos que la odien y quieran destruirla. Y a esos enemigos hay que enfrentarlos a cara descubierta con la espada de dos filos de la Palabra de Dios. La Semana de Pasión nos lo recuerda.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)