Reformar la Iglesia, no desfigurarla

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Ante el deterioro de la situación eclesiástica contemporánea, no faltan en el mundo de la Tradición quienes llegan a poner en duda las propias instituciones de la Iglesia, empezando por el Papado. Sin ir más lejos, hay quienes sostienen la necesidad de reforzar la autoridad de los obispos, despojando con ello al Papa de prerrogativas que lo convertirían en un autócrata. Tesis que no se diferencia mucho de la de la Iglesia sinodal, que aspira a reducir el papel del Sumo Pontífice a un primado meramente honorífico. Otros, propugnan la supresión del estado de la Ciudad del Vaticano, y algunos hasta querrían eliminar toda forma de poder jurídico y económico del Papado, evocando aquellas palabras del Evangelio: «No llevéis ni bolsa, ni alforja, ni calzado» (Lc. 10,4). De esa manera, el mito de la Iglesia primitiva, que contrasta con la constantiniana, mito que por un tiempo fue caballo de batalla de protestantes y modernistas, se abre paso entre los católicos fieles a la Tradición. La ruptura con la Tradición de la Iglesia, origen del actual desastre, no se remontaría al Concilio sino al emperador Constantino.

Reina la confusión, y nos gustaría recordar algunas verdades tomadas del magisterio perenne de la Iglesia. Tenemos que conocer la Iglesia y amarla como la quiso Jesús y no como nos gustaría que fuera.

La Iglesia que fundó Jesucristo es una realidad que nace y vive en la historia, y es al mismo tiempo humana y divina: humana, por los miembros que la componen, y divina por su origen, por su fin y por sus medios.

Como sociedad humana, la Iglesia es un cuerpo visible integrado por personas que no son necesariamente santas ni tienen por qué estar en gracia de Dios pero las une una misma fe bajo un mismo gobierno. Por voluntad de su Fundador, dicho reino es monárquico y jerárquico y está dotado de todos los medios necesarios para existir y funcionar. ¿Y cuáles son esos medios? El primero consiste en la existencia de leyes. La Iglesia es una sociedad perfecta en su ámbito que no sólo enseña sino que gobierna. Por eso tiene también el derecho de legislar y de aplicar penas proporcionadas a la gravedad de las infracciones.

Teniendo en cuenta que la Iglesia es gobernada por los obispos en unidad con el Papa, se hace necesaria una organización territorial. Por eso las diócesis están configuradas y distribuidas con arreglo a las diversas zonas geográficas.

La Iglesia puede disponer además de bienes temporales, fruto de las voluntarias contribuciones tanto de los fieles como del Estado, así como de cualquiera que esté convencido de la importancia de su misión y deseoso de promoverla. Ése es el origen del patrimonio de la Iglesia, reconocido por los emperadores Constantino y Licinio desde el año 31 después de Cristo.

A fines del siglo V, cuando no había una gestión imperial continuada y eficaz, el pontífice San Gregorio Magno (590-604) quiso establecer una administración eficaz de los bienes de la Iglesia (el patrimonio de San Pedro), porque ésta comenzaba a asumir obligaciones públicas que exigían ingentes medios materiales. Pablo Diácono, biógrafo de San Gregorio, nos presenta una exposición detallada del patrimonio del cual el mencionado pontífice fue hábil administrador: viajes y sostenimiento económico de los misioneros a los diversos países; embajadas ante el Emperador y de los legados extraordinarios, que frecuentemente se veían obligados a emprender largos viajes en nombre del Papa; fundaciones y visitación de monasterios; administración de la justicia en todas sus formas… Todo ello comportaba una serie de gastos que eran cubiertos por el conjunto de bienes de la Iglesia que se denomina Patrimonio de San Pedro. Patrimonio que no se acrecienta con miras a ejercer un poder político cada vez mayor, sino para garantizar plena libertad de acción para la labor evangelizadora de la Iglesia y sostener el primado eclesiástico de Roma en toda la Cristiandad.

La autonomía espiritual del Papa sigue exigiendo actualmente su independencia personal y territorial de toda autoridad civil. Hubo un tiempo en que el Estado Pontificio se encargaba de esa independencia; hoy en día es el Estado de la Ciudad del Vaticano el que se ocupa de ello.

Pero de forma más general, la misión de la Iglesia exige una presencia mantenida económicamente en todos los ámbitos: sus edificios son obra de arquitectos y obreros en espacios públicos; su liturgia depende de paramentos, vestiduras y conmemoraciones; su labor pastoral depende de unos medios creados por el progreso y la técnica. Entre otras cosas, forman parte de dicha presencia pública las plataformas de internet, que emplean tanto los defensores como los detractores de la Iglesia. Todo ello supone el derecho a poseer de la Iglesia.

En su alocución La vostra presenza del 4 de abril de 1913, dirigida a los peregrinos de la diócesis de Milán que habían acudido a Roma con motivo de las festividades del XVI centenario de la Paz Constantiniana, San Pío X afirmó:

«La Iglesia tiene el derecho de poseer, porque es una sociedad de hombres y no de ángeles, y tiene necesidad de bienes materiales aportados por la piedad de los fieles, conservando por ello la legítima posesión a fin de poder cumplir sus ministerios, el ejercicio del culto externo, la construcción de templos y las obras de caridad que le son encomendadas, y para que pueda persistir y perpetuarse hasta la consumación de los siglos.  Tan sagrados son estos derechos que la Iglesia siempre ha considerado que tiene el deber de sostenerlos y defenderlos, sabiendo que con la más mínima concesión a las pretensiones de sus enemigos incumpliría el mandato del Cielo e incurriría en apostasía. Por esa razón, la historia recoge una serie de protestas y reivindicaciones de la Iglesia contra quienes deseaban esclavizarla. Lo primero que dijeron San Pedro y los otros apóstoles fue que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 5,29). Estas sublimes palabras han sido repetidas por sus sucesores, y se repetirán hasta el fin del mundo, así haya que rubricarlas con un bautismo de sangre.

El ejercicio del culto, la estructura jurídica y aun la misma proclamación de la Fe, predicada por hombres de carne y hueso que viven en el mundo, están supeditados a las exigencias de las circunstancias históricas. Esta dimensión visible de la Iglesia es sin duda la humana, y está por tanto más sujeta a la decadencia y la corrupción. Ahora bien, la solución no está en una revolución que desfigure las características, sino en una reforma interna mediante la acción invisible y misteriosa del Espíritu Santo, que siempre la asiste. En resumidas cuentas: la solución no es la de Lutero ni la de los modernistas, sino la de los grandes reformadores como San Pedro Damián, San Carlos Borromeo o el propio San Pío X.

Es preciso afirmarlo con confianza en el futuro a pesar de la crisis que vivimos. Al contrario que las sociedades humanas, la Iglesia no camina hacia la decadencia sino hacia una plenitud de vida capaz de durar perpetuamente. La fundó Jesucristo, Dios y Hombre, y su dimensión es eterna.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)